La eucaristía: celebración y adoración. Dos momentos claves en la espiritualidad del seminario

Publicado: 22 mayo, 2011 en Espiritualidad, Mariología
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Llegados al ocaso del sol nos acercamos al Amanecer de nuestras vidas, hacemos presente al Sol de la historia, al Sol que llena de luz y calor el tiempo y el espacio impregnándolo todo de eternidad. Llegados a la hora de la intimidad y la confidencia arrullamos nuestras vidas junto al Buen Amigo[1] y dejamos nos sirva la mesa y nos done el Pan que alimenta con Nueva Vida nuestras existencias mendigas.

La vida en el seminario péndula entre la celebración de la Misa al atardecer (20 hs.) y la adoración eucarística al amanecer (6: 50 hs.). En realidad el único centro es la celebración de la Eucaristía, la misa, prolongada y preparada en la adoración. La Iglesia, como Madre y Maestra, quiere formarnos en la centralidad de la Eucaristía, “fuente y cima de toda la vida cristiana”[2]. Por tanto, todo el centro y la fuente de nuestra vida, y por tanto de nuestra jornada, es la celebración de la misa. Esta centralidad vale para todo bautizado. Por tanto, en rigor de verdad, el seminario no tiene una “espiritualidad propia”. La espiritualidad del seminario es la de la Iglesia, cuyo centro es el acontecimiento Cristo hecho contemporáneo a nosotros en el don eucarístico[3]. En todo caso, el seminario quiere formar en nosotros el espíritu del Buen Pastor que da la vida por sus ovejas y en esto no hay mejor escuela que la Eucaristía, porque ella nos da lo que nos enseña.

El seminario es una comunidad formada por hombres que queremos, ante todo, vivir la integridad de nuestro ser-bautizados como cualquier otro cristiano. Pero es una comunidad característica: integrada por quienes nos hemos sentido llamados de modo especial por el Señor a prolongar Su amor pastoral en medio del Pueblo de Dios y, la Iglesia, reconociendo dicho llamado, nos ha acogido en su seno para formarnos y enviarnos cuando crea oportuno.

Esta realidad –aparentemente imperceptible en cuanto de igual modo debe vivir todo cristiano– configura de modo especial nuestra existencia: la centralidad eucarística no es para nosotros una espiritualidad “más” entre otras, es la espiritualidad. Nuestra existencia es eucarística o no es. Ante todo porque este sacramento contiene todo el tesoro de la Iglesia, es decir, Cristo mismo[4]. Sin Él no somos ni podemos nada. Él nos llamó para permanecer en Su amor (cf. Jn 15, 9) y a esta vocación queremos ser fieles. Si no permanecemos a sus pies escuchando su Palabra (cf. Lc 10, 38 – 42) no tendremos nada que decir a nuestros hermanos. Si no permanecemos reclinados sobre su pecho (cf. Jn 13, 23) no aprenderemos a latir al ritmo de Su corazón y no sabremos cómo amar a nuestros hermanos.

  La centralidad eucarística configura de modo especial nuestra existencia porque forma en nosotros el ser-sacerdotal al modo de Jesús: ¡somos llamados a imitarlo a Él! Como la Suya, nuestra existencia debe ser una continua expropiación hasta hacernos alimento, pan para nuestros hermanos. Esto, sin duda, es posible no por nuestra capacidad de asumir los sentimientos de Jesús sino porque Él, que nos llamó, lo realiza en nosotros, nos participa su Ser.

En la misa, el pan y el vino devienen Carne y Sangre para, asumiéndonos en su dinámica de amor, hacernos co-corpóreos y co-sanguíneos Suyos. En cierto modo, devenimos carne de Su carne y sangre de Su sangre. Así, al participar del sacramento de Su carne nos transformamos nosotros mismos en “sacramento”: nuestra existencia cotidiana es entonces una prolongación sacramental de su amor que se dona, se entrega “hasta el fin”(cf. Jn 13, 1).

Este es el método inaudito  y escandaloso que Dios elige para salvar: la carne, la humanidad, lo pobre, lo simple y lo cotidiano, la Iglesia y unos pobres hombres pecadores: lo débil del mundo para manifestar su gloria. La eucaristía es ante todo presencia real de Cristo en su acción y testamento: en el ofrecimiento de sí mismo y su mandato de amarnos como Él nos ama (cf. Jn 15, 17).Quien comulga debe saberse injerto en la dinámica pascual del Verbo que elige entregarse por amor. Quien comulga es conformado, sacramental pero realmente, al Señor resucitado que hace carne su amor en nosotros. Misteriosamente Dios quiere prolongar su misterio redentor en nosotros, pobres hombres, y mostrar Su amor al mundo a través de nosotros.

Ante esta realidad no podemos más que postrarnos en adoración y suplicarLe nos regale lo que nos pide. Pero, por sobre todas las cosas, lo adoramos porque Él lo es todo para nosotros, porque Él merece que gastemos nuestras vidas a sus pies: a sus pies en el sacramento del Pan que da la Vida (cf. Jn 6); a sus pies en el sacramento de su Palabra de la que vivimos (cf. Dt 8, 3); a sus pies en el servicio a los hermanos, sacramentos Suyos (cf. Mt 23, 31 – 46). Porque si después de celebrar y adorar este inmenso misterio de Amor no soy capaz de mirar con ojos nuevos y misericordiosos al hermano que tengo al lado, mi existencia es una mentira. Si no soy capaz de perdonar y dejarme corregir, mi existencia es una mentira. Si no soy capaz de anteponer la caridad, mi existencia es una mentira. Si no soy capaz de descubrir el grito de sed del Señor crucificado en quien con mirada triste espera una cercanía amiga, mi existencia es una mentira. Si no soy capaz de morir cada día al pecado, a los propios proyectos, a poseer y aferrar egoístamente, mi existencia es una mentira… No existe verdadera devoción ni espiritualidad eucarística que no sea “encarnada”. Sólo podemos verificar si la potencia de la resurrección penetró hasta el último rincón de mi ser si vivo para Dios y no ya para mí; sólo podemos verificar hasta qué punto la Vida Nueva hizo de nosotros un hombre nuevo si vemos con nuevos ojos la realidad y las personas; sólo podemos verificar hasta qué punto el Amor es nuestro criterio de juicio y acción si cada día libremente elijo entregarme efectivamente a los demás, dejarme “comer”. La eucaristía “da impulso a nuestro camino histórico, poniendo una semilla de viva esperanza en la dedicación cotidiana…, estimula nuestro sentido de responsabilidad respecto a la tierra presente… En este mundo es donde tiene que brillar la esperanza cristiana. También por eso el Señor ha querido quedarse con nosotros en la eucaristía, grabando en esta presencia sacrificial y convivencial la promesa de una humanidad renovada por su amor… Anunciar la muerte del Señor “hasta que venga” (1Cor 11, 26), comporta para los que participan de la eucaristía el compromiso de transformar su vida, para que toda ella llegue a ser en cierto modo eucarística”[5].

Cada mañana acudimos a Su llamada misericordiosa y llena de amor, a Su mirada primera, para que nos regale no vivir ya para nosotros mismos sino para Él, que por nosotros murió y resucitó. Y cada noche acudimos a la Mesa dispuesta por el divino Pastor resucitado que nos alimenta y nos sopla Su Espíritu a fin de santificarlo todo y llevarlo todo a plenitud.

En la contemplación, permaneciendo largo rato llenos de fe, asimilamos sus pensamientos y sentimientos. Reflejamos incluso físicamente lo que contemplamos porque, por lo general, nos asemejamos a aquello que amamos. Lo contemplamos pidiéndole nos conceda hacernos recordar durante el día cuál debe ser la forma de nuestra existencia. Cada mañana abrimos la alforja de nuestro corazón para que nos done el pan de su Palabra, la ración necesaria para el día. Cada mañana abrimos el frasco de nuestra vida para que Él lo llene de Su perfume, y llegados al final del día queremos quebrarlo y derrochar a sus pies (cf. Jn 12, 3) esta nuestra vida perfumada con Su amor y dejar que Su fragancia impregne todo este mundo del hombre necesitado de respirar un poco de amor que dé sentido a su vida.

Nosotros somos mendigos de lo mismo que el mundo nos mendiga.

Nosotros no tenemos para ofrecer más que lo que se nos dio.


[1] Imagen tomada de la Liturgia de las horas: Himno de Vísperas de los lunes de cuaresma.

[2] Const. Dogm. Lumen Gentium, 11.

[3] Cf. Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, 5.

[4] Cf. Idem, 1.

[5] Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, 20.

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